jueves, 21 de enero de 2021

EL CRIMEN DE SPIDERMAN : SEGUNDA PARTE

 - Está bien Diana, puedes venir conmigo. Pero por favor, no toques nada, solo escucha y calla.

Diana saltaba de alegría. Algo interesante que hacer. Al final el finde iba a molar y todo. Pese a ser muy madura intelectualmente para su edad, aún conservaba restos de un infantilismo más propio de su edad. Cogió su libreta de unicornio y se la guardo en su chaqueta púrpura con capucha. 

- Vamos papá...a resolver un crimen. 
El entusiasmo de la hija chocaba con el nerviosismo del padre. Se le cerraba el estómago. Uf, ayudar a resolver un crimen delante de su jefe directo el general De la Cruz y de su mentor el comisario Bermúdez, no era algo exento de presión. Su habitual tensión alta se disparará aún más...como yo le ha pasado muchas veces.
Volver a aquella finca mansión fue desconcertante. Tal vez porque ahora había amanecido y era de día o por el enorme dispositivo policial...el caso es que parecía otra casa.

Su acreditación de teniente le sirvió para superar la hoy fortificada mansión, cosa que anoche no fue ni tan siquiera útil. Muchos de los oficiales y agentes allí dispuestos conocían a Diana. No habían sido pocas las tardes que la niña había pasado en la comisaría. Así que también la dejaron pasar. 

El comisario Bermúdez estaba muy cambiado. Costaba reconocerle. Su deterioro físico en los últimos tres años era notorio. Treinta kilos más, desaliñado en el vestir y hasta con menos modales. La propia Jefatura le había obligado a volver después de la excedencia médica. Un trastorno de estrés post traumático, a menudo es irreversible y más en puestos como el suyo. Pero a este hombre, estaba claro que le iban a quedar secuelas de por vida. Encontrarse a la mujer muerta en la bañera, no es plato de buen gusto y más cuando compruebas que tenía las venas abiertas. 



Agustín Bermúdez sabía que su mujer le engañaba y con un chico más joven...pero prefirió poner la otra mejilla y no averiguar más. Ni la identidad de él ni los detalles de los encuentros. Su mujer volvía cada noche y eso era lo importante.  Lo que le termino de poner la guinda a este hombre fue ver el declive personal y emocional de su mujer.  Andrea Verdaguer había sido una periodista de éxito, intrépida, bellísima y pese a haber llegado a la cuarentena y haberse descuidado bastante, conservaba una belleza muy importante. Ver a su mujer, adelgazar tanto, no salir apenas de su dormitorio, dejarse llevar tan peligrosamente, agrio el carácter de Agustín. 

Pero aunque Andrea había dada señales evidentes nadie podía presagiar que cometiese un acto de suicidio. Desde entonces Bermúdez no lo había superado...por muchos que los apresurados e interesados informes médicos así lo dijeran. Y ahí estaba en la puerta de aquella mansión esperando a su mejor discípulo y a su brillante hija.

- El cadáver es el del Juez Garrido. Un único disparo con una escopeta de calibre 12, en toda la cabeza. Está irreconocible, lo hemos identificado por el disfraz de Spiderman.

Genial, el muerto era el prestigioso y odiado Juez Garrido, más presión todavía. Según Bermúdez no han encontrado el arma pero los restos de los perdigones indicaban que era sin duda una escopeta de caza. Muy parecida a las que usaba el para cazar. Su mujer vio luces desde la habitación que le despertaron. Se asomó y vio el cadáver flotando en la piscina...pero nadie más cerca.

- He prohibido el acceso y la salida del recinto a nadie en cuanto llegue, esperemos que el asesino esté aún aquí.  Teniente Montes, confío en usted para resolver esto de la manera más correcta y si lo hacemos rápido mejor...no quiero dedicarle mucho tiempo. Solo deseo volver a mí despacho y rezar porque mi jubilación anticipada sea un hecho. Dijo Bermúdez, con evidente desgana.

- Papi, yo no he estado aquí antes, pero juraría que el escenario está adulterado...le dijo Diana a su padre el teniente.

Pero Óscar estaba enfrascado desde que llegó en una cosa, observaba el cadáver y no estaba seguro de que fuera el Juez Garrido, más bien parecía otra persona con ese disfraz puesto. Las zapatillas que llevaba el muerto y la forma de su cuerpo le invitaban a pensar que la identidad del fallecido no era esa. 




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